LA HORNACINA DE LA CALLE DEL CRISTO

 
     
 
La calle Cristo tuvo desde antiguo el nombre de "calle de las nevadas", donde según D. Alberto de la Torre, recientemente fallecido, vivía el soldado arjonillero Juan de Dios húsar de Olivenza quien salvó la vida del general San Martín en el combate de Arjonilla, preludio de la victoria de Bailén, durante la guerra de la Independencia. Cuando esto ocurría, el Cristo ya había sido colocado en su hornacina de la calle. A partir de su instalación, el nombre oficial seguía siendo el de "Calle de las Nevadas", pero el pueblo comenzó a decir "Calle del Cristo", y por simplificación se reconocerá por la autoridad municipal este nombre popular, para oficializar el rótulo como "Calle Cristo".
 
     
 
 
     
 
En nuestra Andalucía, la presencia de una Cruz, o un Cristo en una calle o en un camino requiere del caminante, del que pasa junto a él, un padrenuestro, una oración por un suceso prodigioso o por el alma de un cristiano. En los orígenes de esta popular hornacina, vemos la figura de una mujer, Petronila de Lara y sus últimas disposiciones en vida.

Doña Petronila de Lara, realizó su primer testamento en 1.745, donde manifiestó que era viuda de Juan de Jándula y que estaba aquejada de enfermedad. Quiso ser enterrada en el Convento franciscano de Santa Rosa de Viterbo, y la Cofradía de la Virgen del Rosario tendría la obligación de ofrecerle diez misas como una de sus cofrades. Entre sus diversas mandas de bienes muebles a varios vecinos, destaca la donación de 600 reales "los que se entreguen al mayordomo de la fábrica de la Iglesia Parroquial de esta Villa para que los convierta en agrandar la lámpara de plata que está en el sagrario bajo de dicha Iglesia".

Sin embargo, un nuevo testamento realizado en agosto de 1746, al año siguiente, anula las disposiciones anteriores, legando a su sobrina Ana Petronila Hernández, las casas de su propiedad, "Con carga y obligación que ha de tener de encender todas las noches del año la luz de un farol que alumbre la efigie de un crucifijo que está en un nicho sobre la puerta de dichas casas y en caso de que por omisión deje de encenderlo alguna o algunas noches luego que se justifique por parte de María Hernández su hermana pasen a esta las dichas casas con la misma obligación la que han de tener todos los sucesores y si alguno no lo hiciere por el Prior que es o fuere de la Iglesia Parroquial de esta Villa se le pueda apremiar y a su costa mandar encender dicho farol. Y si llegase el caso de venderse dichas casas por alguno o algunos de los poseedores ha de ser con la misma carga y obligación y no en otra manera".

Finalmente este segundo testamento aclara el acoso que, ya enferma, tuvo por parte de sus herederos: " Por este mi testamento revoco y anulo y doy por ningunos y de ningún valor ni efecto todos los demás testamentos, poderes, codicilos y otras disposiciones que antes de este haya hecho y otorgado, y los que en adelante hiciere y otorgare si no es que contenga en su principio la oración del Ave María completa en sus dos partes, y en el final la explicación del Misterio de la Encarnación del Verbo Divino en aquella forma que enseñan los catecismos ... y no en otra forma ni manera alguna y el que sin esta circunstancia se hiciere quiero no valga ni se tenga por mi testamento porque se debe entender hecho para libertarme y eximirme de sugestiones y persuasiones muy porfiadas que hasta aquí he padecido de muchas personas que han pretendido heredar mis bienes".

Doña Petronila dejaba su casa a sus sobrinos, marchaba de este mundo sabiendo que si querían "aprovecharse" de su herencia, tendrían que cumplir cada día la obligación de encender el farol del Cristo. Todo atado y bien atado para cumplir las ansias de perpetuidad tras la muerte, que el descubrimiento documental nos ha desvelado para combatir la ignorancia de los tiempos pretéritos. Continuaremos paseando por nuestras calles.


©Ildefonso Rueda Jándula