ARJONILLA, EL PASADO DE UN PUEBLO DE JAÉN

 
     
 
Conferencia pronunciada por Ildefonso Rueda Jándula
en la Casa de Jaén en Granada. 2-11-2000
 
     
 

La expansión del olivar en la Provincia de Jaén se inició en la comarca de Andújar hace unos 500 años, y en el centro geográfico de esta zona, la Villa de Arjonilla, olivarera y alfarera, prisión del Trovador Macías y cuna de ilustres personajes como García Morente y el gramático Juan del Villar, acoge al visitante desde el momento de su llegada, con los brazos abiertos de las cruces, que signan las entradas y salidas de este pueblo, bautizado por uno de sus más queridos hijos, como el ánfora de barro.

 
 
 

Arjonilla es eso, un ánfora de barro entre el verde olivar de la campiña de Jaén, un ánfora que guarda el agua de sus pozos para calmar la sed material y espiritual del viajero. Entre su relieve llano destaca de manera señorial el Pino, junto a la carretera de Marmolejo, y las leves ondulaciones y caídas que siguen las vaguadas de los arroyos Salado y Ballesteros, al Este y Sur. Desde el Norte, penetra el arroyo Arjonilla hasta la Albarrada, el “Albarrá”, como allí se conoce, elemento singular de carácter geológico excavado desde tiempos inmemoriales para la extracción de la arcilla y en el que han aparecido restos fosilizados de la fauna marina del Cuaternario. Sin lugar a dudas, la existencia de la arcilla en el subsuelo de este pueblo, determinó la ocupación humana de la zona, desde la Prehistoria.

Y desde aquí arrancamos en este recorrido histórico, a través del poblado de Cerro Venate, habitado desde la Edad del Cobre, con una actividad agrícola atestiguada por la presencia de elementos de hoz y molinos de mano. Vivían los habitantes de este poblado en cabañas edificadas con cañas, maderas y adobe y poseían silos para guardar el grano. Entre los materiales que han aparecido, los fragmentos cerámicos pertenecientes a la cultura del vaso campaniforme, conectan este poblado con la cultura europea, con un “mercado común” 4000 años antes del actual.

En torno al año 600 a.C. desaparece la ocupación de cerro Venate, junto a la cantera de arcilla de “La Albarrada”, para siglos más tarde encontrarnos con los asentamientos romanos de los que son testigos los alfares en los que se producían materiales de construcción –tégulas y ladrillos- y cerámica común como en el “Cerro del Almendro” o en el nuevo polígono industrial. También apareció una inscripción romana que se encuentra expuesta en la entrada del obispado de Jaén, de la Arjonilla romana que Plinio en su “Historia Natural” hace referencia con el topónimo SEGUEDA de sobrenombre AUGURINA.

En las Herrerías nos encontramos con un poblamiento visigodo, cultura a la que pertenecen los sarcófagos del siglo VII, encontrados en los años sesenta, de los cuales, uno se conserva en el Museo Provincial y el otro en la Iglesia Parroquial de la Encarnación, ambos decorados con dobles cenefas biseladas geométricas o de tracería.

De los tiempos de la dominación musulmana no han aparecido vestigios relevantes, a excepción de la posible existencia de un recinto defensivo musulmán, en el actual emplazamiento del castillo, según Eslava Galán, aunque esto no ha sido confirmado por la excavación del castillo en 1988, cuyas estructuras actuales pertenecen a los tiempos de administración de la Orden de Calatrava, a quien se concedió el señorío del lugar tras haber pertenecido a Gonzalo Pérez, cuarto arcediano de Úbeda, Ruy López Dávalos y al Marqués de Villena. La primera referencia histórica que se hace del castillo de Arjonilla data del siglo XV, cuando Juan II obliga a la Orden de Calatrava a morar y reconstruir el Castillo, época en la que tiene lugar los amores imposibles y desgraciados de Macías y Elvira.

Macías, trovador gallego nacido en Padrón, dejó su tierra para convertirse en doncel de Don Enrique de Aragón, marqués de Villena, maestre de Calatrava. En el palacio de éste, conoce Macías a Elvira, donde se enamoran, aunque poco después Macías tuvo que integrarse con las fuerzas que iban a luchar a Granada, y en su ausencia, su señor casó a Elvira con un hidalgo de Porcuna. Con el regreso de Macías, ambos recordaron los amores pasados, lo que advirtió el esposo de Elvira, notificándolo al Maestre, quien mandó encarcelarlo en el castillo de Arjonilla, donde Macías dedicaba su tiempo a cantar sus amores. La tradición dice que el esposo de Elvira mató al trovador arrojándole un venablo a la ventana del castillo y su cuerpo fue enterrado en la ermita de Santa Catalina, en el interior del mismo. Una leyenda de la que se han ocupado Lope de Vega y Larra entre otros.

A finales del sigo XV, Arjonilla experimenta un aumento poblacional que va a conducir paulatinamente hacia la independencia jurisdiccional con respecto a Arjona, otorgada por Carlos I y doña Juana, el 21 de marzo de 1553. Algunos atribuyen a este aumento de población el número de ermitas que existen en esta centuria (Santa María de Valrrico –Soledad-, San Cristóbal, San Sebastián y Santa Catalina), además de la Consagración de la Iglesia Parroquial bajo la advocación de la Encarnación, un año más tarde al de la independencia. La Parroquia de Arjonilla obtiene un beneficio pontifical, por el que el Prior recibe de la Santa Sede unas rentas y el nombramiento directo, un privilegio que tan sólo poseían unas 50 Parroquias de toda España, y compartían en la provincia de Jaén, Baeza, Alcalá la Real y Arjonilla.

Por tanto, la segunda mitad de siglo es el punto de partida para la consolidación de los poderes municipales, el civil ya autónomo, cuya consecuencia más visible, en el urbanismo y equipamientos urbanos se verá completada desde finales del XVI hasta los comienzos del siglo XVII, con la construcción de la nueva casa del cabildo, la cárcel real, la casa carnicería y la plaza del Mercado, donde se celebraban los espectáculos del barroco. Grandes hitos en la Historia de la Villa en el siglo XVII son la ampliación del término municipal mediante la compra del Atajo a la Villa de Arjona, por 9000 ducados de plata, el Voto a San Roque de 1602, ante la peste que sufrió la población, y el importante comercio de aceite que llegaba a congregar a numerosos arrieros de toda España en esta Villa, para transportar el oro líquido hasta la Villa y Corte de Madrid. Todo esto era posible gracias a la compañía comercial que estableció el noble vasco Andrés de Jáuregui y que supuso un escape para el comercio del aceite, gravado con cargas tan anacrónicas como el almotacén, que se pagaba a la Villa de Arjona. Y siguieron pagando los arjonilleros hasta el siglo XVIII.

Arjonilla fue cuna de ilustres linajes, y solar de muchos nobles hidalgos, comparables en número, a la ciudad de Úbeda. Algunos de estos personajes realizaron importantes fundaciones como la obra Pía de Doña Mayor Serrano, para acoger a viudas pobres, el Hospitalillo de Jesús Nazareno, con el mismo fin, por la beata María de Morales, y el convento franciscano de Santa Rosa de Viterbo, por Don Luis Díaz de Aguilera, que será habitado ya a comienzos del siglo XVIII, tras la Guerra de Sucesión. En este conflicto bélico, calificado como primera guerra europea de la era moderna, aportó Arjonilla una compañía de 40 hombres contra los partidarios del archiduque Carlos, además de los ingentes suministros que las Villas de toda Andalucía tuvieron que aportar para el sustento del ejército. En la segunda mitad del siglo XVIII son destacables los continuos enfrentamientos entre los alcaldes de la Villa y los Priores de la Parroquia, por el control que ambas instituciones ejercían sobre las Obras Pías, y también sobre ciertas manifestaciones de religiosidad popular, que la Ilustración quiso racionalizar: las demandas de limosnas de las Cofradías, en concreto la salida que hacían los cofrades de las ánimas benditas por el día de los Santos Inocentes, la cofradía de la Virgen de la Cabeza, cuya romería es suprimida, asestando un duro golpe para sus cofradías, cuya historia tiene un antes y un después marcado por este hecho.

El inicio del siglo XIX, viene marcado por la Guerra de la Independencia, que en Arjonilla se significó por la escaramuza militar producida en el paraje de “Amarguillos”, en la que participó José de San Martín, militar del ejército español nacido en Argentina que alcanzó con esta intervención el grado de capitán. Después llegó a ser General para convertirse en Libertador de los países de Hispanoamérica. Frente al cerro Venate, poblado en tiempos prehistóricos, la Viña de Garabata fue testigo del paso de los ejércitos días antes de la Batalla de Bailén. En la ocupación que las tropas francesas hicieron de la Provincia en 1810, Arjonilla se vio invadida por 10.000 soldados franceses que causaron grandes daños materiales en el patrimonio religioso, y como anécdota, acabaron con las raciones de tocino y garbanzos que guardaba la despensa del Convento. Aunque más sangrienta para la localidad, según lo atestiguan las actas capitulares, fueron los episodios de la guerra Carlista, cuando el pueblo se vio fortificado ante las incursiones de columnas militares, que sembraron la inquietud y causaron 15 víctimas en el camino de Reyertas, y peor aún fue para el convento, la desamortización, que provocó la dispersión de todo su patrimonio y el cese de la vida conventual tras un solo siglo de permanencia.

Sin lugar a dudas el final del siglo XIX , con la construcción de la carretera que une Arjonilla con la de Andújar-Pilar de Moya, la llegada del Ferrocarril, con estación propia y la luz eléctrica, en medio de una situación política que termina por consolidar el sistema bipartidista, este final del siglo es de gran importancia porque en este momento se va a sentar las bases del enfrentamiento socio-político de la primera mitad del siglo XX. Del ambiente político, surge el primer intento periodístico de la localidad, se trata de un pasquín liberal con el nombre de “El Farol” en el que el autor, anónimo, comenta la vida cotidiana del pueblo y sus escándalos –desde la apertura ilegal de una farmacia con el consentimiento del Ayuntamiento- y sobre todo la deficiente iluminación de las calles con farolas de petróleo regulada con disposiciones municipales escrupulosas que tenían en cuenta los días de luna, aumentando la intensidad de luz dependiendo del signo político de la Corporación. Ante estas disposiciones, al pueblo no le quedaba más remedio que soportar con sarcasmo la penumbra de la población, con chascarrillos como este: “Los faroles de la esquina, los enciende Manuel Díaz y los apaga Medina”, expresión que más bien refleja la alternancia política en el consistorio.

La instrucción pública, a la que se habían dedicado algunos bienes desamortizados –de hecho hasta tiempos recientes hubo una escuela en la antigua sala de gramática del convento-, aumentará los servicios con una escuela de niños y niñas menores de siete años costeada por la infanta Doña Isabel de Borbón y Borbón, “La Chata” gracias a las gestiones llevadas a cabo por la familia Coello de Portugal. La infanta también donó una imagen del Corazón de Jesús para la Iglesia Parroquial, bajo el priorato de Don Manuel Parras, el recordado “Cura Parras” que fue capellán real y desarrolló una intensa labor social para con las clases más desfavorecidas. Emprendió una campaña de ayuda, implicando a los terratenientes con el fin de solucionar la conflictiva situación laboral de los trabajadores, desde la óptica del sindicalismo obrero católico.

De la primera mitad de este siglo, destacamos los años 20 con una intensa actividad constructiva municipal y particular. El actual cementerio, el Ayuntamiento, la Plaza de Abastos y las casas particulares de estilo regionalista que aún se conservan demandaban una producción de materiales de construcción que la industria tejera local, con 45 tejares, abastecía. De estos años 20, la labor del alcalde D. Ángel Hernández Martos permanece en la memoria de muchos mayores del pueblo.

Ildefonso Rueda Jándula