LA VIRGEN DE LAS BATALLAS
EN EL LIBRO “HISTORIAS DE CAL Y BARRO” DE MIGUEL FERNÁNDEZ.
 
 

 

Este año se han cumplido diez años de la muerte del recordado poeta Antonio de Jaén y todavía nadie se ha decidido a publicar su obra completa dedicada a Arjonilla, dispersa en programas de fiestas, cintas magnetofónicas y aquella recopilación publicada, “Ánfora de barro”. ¿Quedará en olvido su producción poética mientras gastamos kilos de tinta en obras de un hortera insuperable?. Bien, pues traigo esto a colación porque en las últimas semanas se nos ha despertado a algunos arjonilleros un gran interés por recopilar los antiguos programas de fiestas. Éstos están plagados de obras interesantísimas salidas de plumas ilustres, y por supuesto, de las poesías de Antonio, cargadas de múltiples alusiones a las devociones religiosas de Arjonilla.

San Roque y la Virgen de la Soledad ocupan un lugar preferente en la poesía de Antonio de Jaén, mientras que para el caso de la Virgen de las Batallas tan solo he encontrado una pequeña cita, con su antigua advocación, del Santo Rosario. Los versos pertenecen al poema “Arjonilla en tiempo de lluvia” publicado en Ánfora de barro, si bien en el programa de fiestas de 1.974, en la misma obra aparece la Virgen de la Soledad, en lugar de la Virgen del Rosario.

Con los programas de festejos afloran otros “papeles amarillos” como el libro “Historias de cal y barro”, de Miguel Fernández, el primer libro publicado sobre Arjonilla, que ha llegado a mis manos, tras larga búsqueda entre los contadísimos ejemplares originales. La obra se estructura en capítulos que el autor dedica a temas costumbristas arjonilleros, entre los que se encuentra la fiesta de los Cargos. Las historias de cal y barro de Miguel Fernández contienen otras alusiones a la Virgen de las Batallas, según puede verse en la siguiente reseña del libro.

“HISTORIAS DE CAL Y BARRO”.
Miguel Fernández. Colección “Caminos y Pueblos”. Núm. 1.
Gráficas Fuencarral. Madrid, 1963.

Miguel Fernández nació en Villanueva del Arzobispo (Jaén) el 23 de octubre de 1.940. Historias de cal y barro -su primer libro- fue escrito cuando sólo tenía veinte años. Desde entonces se ha dedicado de lleno a la literatura. “Marañón y Toledo” y “Azorín y España” son sus libros posteriores y extensos, maduros a pesar de la juventud de su autor. En este pequeño libro dedicado a Arjonilla ya se presiente su mundo actual de honda poesía, de torturado intento por descifrar las sombras de la vida. La sombra es su obsesión literaria. La angustiada búsqueda de los misterios de nuestra existencia es el carburador de su pluma. La prosa de Miguel Fernández es desnuda, sencilla, bella, llena de grandiosidad y de fuego siempre joven. Sus artículos literarios se publican hoy en los principales diarios nacionales, especialmente en ABC en YA y en ARRIBA. Con estos tres libros, que aparecerán al público casi a la vez, el nombre de Miguel Fernández se colocará entre los primeros de los escritores nacidos después de nuestra guerra civil.

LOS CARGOS


Son las fiestas en honor de la patrona, Nuestra Señora de las Batallas. A la Virgen de Arjonilla no le podía faltar su leyenda.

La Virgen de las Batallas, dice la tradición, se apareció al príncipe bastardo don Juan de Austria.

El eco de aquella supuesta aparición es repetido, diariamente, por las lenguas de las campanas.

Los mozos, antes de marchar al servicio militar, ponen su fotografía a los pies de la Reina del olivo y del barro.

Es emocionante repasar el diccionario de las advocaciones marianas en los pueblos españoles. Cada imagen tiene su leyenda y cada una les parece a sus vecinos la más guapa de todas.

La procesión de la Patrona de Arjonilla tiene cierto tipismo. Detrás de la imagen va la cofradía con sus tres “cargos” -la bandera, el cetro y el bastón.

Los niños llevan juguetes en las manos, las mujeres cruces en los labios, los hombres cansancio en los ojos.

Y la Virgen de las Batallas va rezando letanías de plata y olivo verde.


PÉTALOS QUE RUEDAN

No soy poeta para abrir con mi pluma la entraña caliente de mi ser. Soy tan sólo un iluso emborronador que quiere regar el polvo seco del camino de la vida.

Por las sendas ardientes de mi existencia, voy congiendo los pétalos que ruedan marchitos. Esos pétalos, rojos y blancos, quiero ponerlos en un ánfora de barro junto a tus pies morenos, Virgen de las Batallas.

Estos pétalos marchitos, en su rodar por los caminos, han captado el ansia del corazón humano, han oído el murmullo de las golondrinas en los lentos atardeceres arjonilleros y han presenciado escenas múltiples en el gran teatro del mundo. Este puñado de pétalos, adornados con un beso redondo, están a tus plantas, Madre de las Batallas. Junto a ellos, muy despacio, quiero hablarte con versos de nuestro gran poeta Juan José Cuadros:

“Bendígate, Señora,
el verso, el libro, el pan, la siempreviva;
bendígate la aurora,
el almendro, la oliva
y el agua de la acequia pensativa.”

Con los ojos de mi imaginación, te he visto, Virgen de las Batallas, ir a pleno sol por nuestras veredas, por nuestros atajos con las cuadrillas de aceituneros. Te he visto en los labios rojos de los tejeros, en la corola de las amapolas, en los montes verdes cogiendo tomillo reseco.

“Te bendiga el arado
y el canto alegre de la lavandera

y el que guarda el ganado
y el que duerme en la era
o en la sombra de plata olivarera”.

- De TU TIERRA, LABRADOR -

Al mediodía, cuando el viejo reloj del pueblo desgrana lentamente sus doce campanadas de bronce seco, tú con amor y fervor nada teatrales, levantas tus brazos morenos y descubriendo tu cabeza comienzas a dejar rodar tus frases recién nacidas, espontáneas, que huelen a sudor y a salvado:

Salve, María.
Vida de nuestras Vidas.

Te saludo hoy,
en estas horas ardientes,
sin pétalos y sin sombras,
sin canciones de aguiluchos negros.

Ayer, Virgen de las Batallas,
encontré un nido de “tontas”
que pedían agua
y pedían la luna parda,
que dormía en un charco limpio.

Les di agua... Pero...
La luna se hizo trizas
al removerse el poso del charco.

Madre, dales la luna,
y que no me la pidan más.

Dales un beso redondo
y que los angelitos
les canten,
mientras sus padres
les buscan gusanitos muertos
y trozos de amapolas rotas.

 

©Ildefonso Rueda Jándula