DON JUAN CASTILLO, HUELLA IMBORRABLE DE SU SERVICIO AL PUEBLO DE ARJONILLA
 
 

 

El doctor D. Juan Castillo Torices nace el año de 1892 en La Zubia, Granada. Estudia la carrera de medicina en la Universidad de Granada siendo alumno interno de obstetricia y ginecología durante el 1º año que impartiera docencia el joven y recién llegado catedrático, D. Alejandro Otero.

En el año de 1918, el Ayuntamiento de Arjonilla requiere a la facultad un médico para ocupar una plaza A.P.D. (asistencia pública domiciliada) que se le había quedado vacante. Le recomendaron al Dr. Castillo Torices, quien aceptó pero con la condición de ir antes a ver el pueblo, el cual le satisfizo sobradamente, no solo eso, sino que regresó encantado con la amabilidad y cariño con la que lo recibieron. De este modo, ese mismo año el Ayuntamiento lo nombraba médico de la beneficencia, con la idea de estar sólo cuatro o cinco años.

Desde el año 1918, ejerció como titular, haciéndolo con tanto acierto profesional que muy pronto se hizo famoso en toda la comarca, siendo requeridos sus servicios en casi todos los pueblos limítrofes, y poco tiempo hubo menester para que por su talento y amable trato captara las simpatías del pueblo donde habría de vivir durante cuarenta años, dejando con su muerte un vacío en el corazón de los arjonilleros que años atrás le aceptaron como convecino.

Quedará siempre grabado en la memoria de los arjonilleros su particular acento, junto con su bondad, que le llevaba a tener siempre su casa abierta, o sus particulares minutas profesionales, que en tantas ocasiones obviara cobrar a quien no podía pagar.

El día que las campanas de la insigne torre de la Iglesia tocaron la expiración del Dr. Castillo Torices, el pueblo entero sin distinción de clases empezó a desfilar por la casa de D. Juan que hasta entonces había sido su domicilio y el de todos los arjonilleros, pues su casa siempre estuvo abierta para ellos. El pueblo entero oró ante el cadáver del que fue su médico y amigo, pagando con ello parte de la gratitud que a él le debían.

El entierro constituye una gran manifestación de pesar. La tarde del 14 de junio de 1958 concentró ante la casa mortuoria a representaciones de las distintas asociaciones religiosas y cofradías a las que el extinto pertenecía como ejemplar cristiano. Abrían la marcha al extraordinario cortejo representaciones sanitarias de Jaén y su provincia, entre las que destacaba la presencia del Dr. D. Ramón Sánchez-Palencia, Decano de la Beneficencia provincial, el Dr. D. Manuel Segovia Morón, director del hospital provincial, D. Tomás Herrera, director provincial del centro de alimentación infantil, el Dr. D. Cayetano Hernández, inspector provincial de la Seguridad Social y demás compañeros de la maternidad provincial, así como del Hospital provincial de Jaén San Juan de Dios, de la Residencia sanitaria Capitán Cortés, y de los pueblos limítrofes. A continuación, y presididos por el alcalde de la localidad, D. Rafael Martínez Carmona, la Corporación Municipal así como el reverendo Hermano Carlos, fundador de la orden de los Hermanos Obreros de María.

Por acuerdo plenario de la Corporación Municipal fue dedicada a su memoria la calle en la que habitó, y el día 16 de agosto de 1959, a la salida de la solemne ceremonia en honor de nuestro Patrón San Roque, se descubrió una lápida en la calle dedicada al insigne D. Juan. La placa fue descubierta por el señor alcalde D. Rafael Martínez, que habló seguidamente, manifestando cómo el pueblo de Arjonilla sabe pagar a los hombres que por ella han sacrificado su vida, deseando que sirva de ejemplo y de estímulo para los demás. A continuación, tomó la palabra el reverendo párroco D. Fernando Caballero González, que con emoción y elocuencia hizo referencia a la huella imborrable que con su bondad, amabilidad y amor al pueblo tuvo la figura imperecedera de D. Juan. Seguidamente, uno de los hijos del homenajeado, Dr. D. Guillermo Castillo Fernández, hizo uso de la palabra con el corazón en los labios, dio las gracias a las autoridades –que tan justamente han hecho uso de su poder- a los amigos y paisanos por el acto tan significativo en memoria de su padre.

Las palabras de D. Guillermo llenas de amor filial fueron la causa de que los hombres, mujeres y niños lloraran con sus lágrimas –unas brotadas del corazón y otras de los ojos- la memoria del hombre que supo dejarse a jirones día a día su salud y su ciencia, en el amor a pobres y a ricos, sacrificando una vida entera en el anonimato de un pueblo que nunca podrá pagar tantos desvelos.

No se concibe un sabio sino con un alma como la de D. Juan, abierta a todos y por todos. Esta sencillez y humildad, son unos méritos a los ojos de Dios –y quizás a los del pueblo- que ciertas retóricas y vacías pompas oratorias de muchas vidas académicas y brillantes. Al acto imborrable de la historia de Arjonilla asistieron la Corporación Municipal, la Sra. Vda. del Dr. Castillo y demás familiares, sanitarios de la localidad y numeroso público

©Ildefonso Rueda Jándula