ENTRE
LA ALBAHACA Y EL POTAJE DE HABAS. TRADICIONES DE UNAS FIESTAS QUE INUNDAN TODOS LOS SENTIDOS |
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Según nuestro recordado poeta arjonillero Antonio de Jaén, la primera percepción sensorial del viajero que llega por vez primera a Arjonilla es el olor a albahaca y clavel. Mucho antes de contemplar la maravillosa arquitectura de sus calles, ya se percibe en el ambiente agosteño el olor de la albahaca cultivada por las mujeres de Arjonilla en los patios cubiertos de parras, entre los jazmines y las damas de noche, antaño regados con el agua que ellas conducían en cántaros desde los pozos públicos. La albahaca se ofrecía a los santos del verano, como a la Magdalena en la velada que al finalizar julio se realizaba en la explanada de la ermita de la Soledad, y cómo no, al Patrón San Roque, adornado con multitud de macetas de esta clase desde los inicios de su novena, una tradición que, a Dios gracias, aún permanece viva entre las mujeres de Arjonilla, que con gran esmero cultivan esta planta aromática y mágica para su Santo Patrón. Ya desde antiguo, los romanos la ofrendaban a sus dioses, en la “verbena”, vocablo que significa adorno de hierbas aromáticas. Hoy en día, el olor de esta albahaca se mezcla con el de los nardos, produciendo un agradable ambiente en torno a la imagen del Santo. Es la primera percepción sensorial de estas entrañables fiestas. Tampoco falta la música tradicional, y con ella se inician estas fiestas, entre Sanroqueñas y marianas, por la festividad próxima de la Asunción. En la madrugada del día 15, los auroros recorren las calles del pueblo con la tambora y otros instrumentos como el almirez, las castañuelas y una guitarra. Sus cánticos invitan a participar de la procesión del Rosario de la Aurora, al tiempo que son alabanzas a la Virgen destacando los puntos teológicos que el Concilio de Trento quiso afirmar frente a la reforma protestante. Así dice el estribillo que con gran fuerza cantan los que acompañan a la Aurora: “Esa es la verdad, que por chica que sea la Hostia lleva cuerpo y sangre de su Majestad”. Todo acompañado con algunas botellas de anís que alguna vez provocaron que todo terminara “como el Rosario de la Aurora”, aunque en Arjonilla era tradicional acabar la fiesta casi al amanecer en los melonares que rodeaban el pueblo, robando algún melón que allí comían los grupos de amigos. Para San Roque, también se ha acumulado a lo largo de los cuatro siglos de patronazgo un gran número de canciones populares, como los “gozos” que se cantan durante la novena y mientras se besa la reliquia del Santo el día 16. La estrofa más conocida y popular, ésta que dice: “Bendito el patrón San Roque y la leche que mamó, bendito su padre y madre que tal hijo mereció”. Todo el pueblo la canta durante la recepción que el Ayuntamiento ofrece tras la fiesta religiosa en la mañana de cada 16 de Agosto. Allí surgen otras canciones del resto del calendario festivo, como “Los Polvos”, que critican el exceso de colorete en las caras de las mocitas, la Aurora y otras localistas como “Luz y Sol” y el “Himno de Arjonilla”. Los arjonilleros tratan a San Roque con gran familiaridad, concretándose en algunas expresiones de religiosidad popular como aquella archiconocida historia del rabo del perro de San Roque, o esta más arjonillera de bendecir hasta el primer alimento del Santo, por la que se nos llena la boca cada dieciséis de agosto al cantar la “leche que mamó”, vienen a decirnos que por muy altos que ascendieran los altares de los santos allá por Trento, el hombre prefiere una relación con la divinidad más humanizada y cercana a los problemas de cada día. Y esta cercanía se muestra en las manifestaciones de religiosidad popular, concretándose en expresiones comunes como la siguiente: “Estando
San Juan de Mata O esta otra, por la que se dice que en Arjonilla hasta las ranas dicen Roque, que Juan Eslava Galán, incluye en “El mercedes del obispo y otros relatos edificantes” Uno de estos relatos, titulado “Las fiestas de San Roque”, bien pudiera desarrollarse en Arjonilla, donde siempre se ha bromeado entre el clero sobre la forma de pago del sermón de la fiesta de San Roque. Dícese al predicador encargado de la plática de San Roque, que el estipendio final del sermón tendrá que ver con el número de veces que se nombre al santo, según el relato de Eslava, dos duros por cada vez. Las cuentas las llevaba el sacristán, quien bajo el púlpito hacía una señal por cada “Roque” referido por el predicador. “... La iglesia estaba de bote en bote con todo el pueblo allí presente a ver los duros que se llevaba el predicador este año. Debajo del púlpito el sacristán encendió la vela y, sobre el muro que previsoramente había encalado su mujer unos días antes, se dispuso a testimoniar con una raya cada mención de San Roque que oyera. El cura de Torre carraspeó, miró a las altas telarañas de la bóveda como en busca de inspiración divina, apoyó firmemente ambas manos, con los brazos muy abiertos, en la balaustrada del púlpito -previendo este gesto se había acicalado las uñas la noche de la víspera- y comenzó a decir, con su bien timbrada voz: -¡Amadísimos
hermanos¡: Nos cabe hoy el gozo de estar aquí reunidos
para celebrar (pausa), para exaltar (pausa), para enaltecer píamente,
el día de nuestro Santo Patrón San Roque -el sacristán,
¡ras¡, marcó la primera raya en la pared blanqueada-
. Porque San Roque era muy bueno -¡ras¡, raya del sacristán-,
porque San Roque era muy santo -¡ras¡-, porque fijaros si
sería San Roque -¡ras¡- bueno y si sería San
Roque -¡ras¡- santo que hasta las ranas en los arroyos dicen:
¡Roque, Roque, Roque, Roque, Roque, Roque ...¡ |
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